sábado 15 de octubre de 2011

Suma de profecías

El fin del mundo tendrá lugar el 22 de diciembre de 2.012, según el calendario azteca. Naturalmente, esto asusta a los mercados. Tal vez por ello no se airea lo suficiente un augurio así, tan espectacular y tan preciso. A pesar de ese temor, hay economistas empeñados en afirmar que, tras el primer susto y el consiguiente desplome en  las bolsas, no tardarían en reanimar los parqués los cazadores de gangas, arañando la carroña bursátil con toda clase de activos dedicados al menester de la supervivencia: armas, refugios de diseño y comida sintética… La objeción a esta hipótesis optimista reside en la previsible incapacidad de los mercados para sobreponerse sucesivamente a la difusión de otras profecías coincidentes en cuanto al 2.012: mayas, cherokees, hopis, esenias y egipcias; también las de los navajos y los cabalistas. Eso sin contar que, según San Malaquías, nos quedan dos Papas antes del cerrar el telón.

Otros agoreros sitúan el escenario final justamente en la contraofensiva astrológica que se produciría ante vaticinios tan desoladores: las agencias de calificación sembrarían la alarma o la confianza con sofisticados horóscopos mercantiles, el FMI emitiría sus informes con referencia a viejas y olvidadas sabidurías, los rumores especuladores serían remedos del Apocalipsis; los echadores de cartas y adivinos entretendrían las noches televisivas con consejos de inversión o de venta en según qué valores y los gurús del esoterismo querrían desplazar a los de las finanzas. Las ciudades y los grandes centros comerciales contarían con numerosos gabinetes de consulta escatológica. Según algunos, se reconstruiría nuestra forma de ser: los terrores infantiles, por ejemplo, no tendrían como protagonistas los monstruos de los cuentos ni los de las leyenda urbanas, sino las subidas de la inflación o la bajada de los tipos de interés con resultados aniquiladores… El mundo quedaría en manos de una pugna de trileros, santones y habladores, poco más o menos como ahora pero con más descaro y más descontrol suicida.

Los hay que consuelan sus terrores pronosticando que la hecatombe final nos pillará entontecidos, anestesiados ante el iPod o el iPad o similares, enfrascados en un universo virtual que encadena versiones tras versiones de esos chismes cuya pérdida sería para muchos el verdadero infierno. Otros mantienen la esperanza de que sobre las ruinas carbonizadas se cierna de nuevo el furor carnal de la vieja y pecadora Babilonia, y que lo último que se oiga sea su grandísima carcajada.

5 comentarios:

Isabel de la Llave dijo...

Como siempre genial ,Eduardo ,ya sabes que hace tiempo tengo de esos terrores mezclados,un beso

Eduardo González Ascanio dijo...

Hola, Isabel. Ya acompañaremos el susto con algún café. Un beso.

Olga Bernad dijo...

A mí el 22 de diciembre me viene fatal. Pienso en Iker Jiménez relamiéndose la siguiente temporada, en las locuras que les puede dar por hacer a los que se lo crean, en la tristeza anodina de este pequeño planeta azul flotando en un universo enorme y oscuro, en lo poco que importamos. Y todo esto en domingo, un día tan terriblemente triste. Prefiero el fragor del lunes. Como Escarlata O'Hara, ya lo pensaré mañana.
Saludos.

Eduardo González Ascanio dijo...

Tienes razón, Olga. Tal vez a los aztecas no les caía en domingo. Y, cierto, no lo había pensado, el amigo Iker ya no necesitaría guionistas.

Un abrazo.

Eduardo González Ascanio dijo...

Para Antonio Lino: Me ha llegado tu comentario al correo electrónico, no sé por qué no ha salido aquí.

Tal vez sea cierto lo que dices y el final fue hace mucho tiempo. Yo lo sitúo en los años ochenta.

De zombi a zombi, enhorabuena por recuperar tu blog. Resucitar también tiene su qué.
Un abrazo.