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| Foto: Serguei Chirikov |
De repente, interrumpiéndolo todo, a la mujer le pareció oír como un perro a lo lejos. Preguntó al hombre sentado a su lado si no lo oía él también y durante unos segundos le interrogó con la intensidad de sus ojos. Con una mueca escéptica, él le dio a entender que no. Ella insistió y él quiso preguntarle qué era lo que oía exactamente. No se daba cuenta de que removía el líquido que contenía su vaso haciendo un ruido hueco con los cubitos de hielo; ella, con un tacto cálido e irreprochable, hizo cesar el movimiento de su mano: inequívoca orden de silencio, angustiosa espera de que los ojos de la mujer, que ya cesaban de interrogarlo, bien rendidos o resignados, le volvieran a dar acceso. Molesto y hasta ofendido, comprobó la atención ya absoluta que la mujer dedicaba a aquello, fuera lo que fuera, que debía sonar como un perro a lo lejos. El decidió que no quería llegar a oír al perro y odiaba tanto aquello, fuera lo que fuera, como el silencio que lograba imponer en la sala de estar de la mujer, donde, hacía tan sólo unos segundos, él no se sentía un polizón. Cansado del silencio y de la espera, decidió relajarse en el sillón y, distendido, esperar que llegara por sí solo el momento de recuperarla, pero antes depositó con sigilo el inútil vaso en uno de los círculos de cartón que había sobre la mesa; al intentar hacerlo, la mano de la mujer dejó de aprisionar la suya, apartándose sin parecer lamentarlo.
Para mejor ausentarse, repasó con la vista los ángulos de la sala. Luego, se demoró observando los platos decorados que colgaban de la pared y coronaban un mueble con vitrinas que servía de bar. No muy lejos, se hallaba un reloj cu‑cú que, de momento, no osaba incordiar. Y más allá, remediando el vacío en una de las paredes, una pequeña estantería sobre la cual permanecían unos pocos libros entre dos figurillas gemelas. Todo resultaba exiguo y provisional, fácilmente arrasable por el viento de la trashumancia; sobre todo, aquel taburete de madera desnuda destinado, de momento, a servir de base a un radio‑cassette alargado con un altavoz circular en cada extremo, de donde debería haberse oído música hacía rato, y no ese silencio, eso otro que tan solo ella estaba oyendo, ese perro a lo lejos.
La mano de la mujer, al liberar la del hombre, había quedado suspensa en el aire, con los dedos dirigidos hacia la barbilla. Mantenía la cabeza ligeramente inclinada, cediendo al peso de la concentración. El la contemplaba así, estática, y por su mente cruzó, esponjosa, la imagen de un hermoso cachorro de dingo. No había caído en la cuenta, pero hasta ese momento, desde que la mujer anunció bruscamente ese oírse de un perro a lo lejos, habían cruzado por su mente, primero, un aullido lejano, luego la congoja de un chucho condenado a pasar la noche en cualquier azotea cercana, engullido por la oscuridad de la que sólo sobresalía el desconsolado brillo de sus ojos. Algo más tarde, mas vívidas pero igualmente fugaces, se sucedieron la elegancia felina de un alano manchado y el rugido amenazante de un indefinido perro guardián. Y, antes de llegar al cachorro de dingo, el jadeo pringoso de un grandísimo mastín, afectuoso como un enorme corazón peludo. A todos los pudo individualizar destacándolos de la masa informe de sus impresiones.
Algo en él decidió tomar al fin la mano de la mujer, que continuaba flotando, desamparada, única parte de su cuerpo que parecía no encontrar su sitio. Ella concedió una sonrisa como respuesta anticipada a cualquier burla amistosa. "Te aseguro que he oído un perro a lo lejos", dijo, y lo volvió a mirar. Dios, qué hermosa era. Se la podía imaginar husmeada por los perros de anteriores amantes, reclamada por una patética fidelidad que hubiera sobrevivido al olvido de sus amos y al resquemor de la relaciones ya muertas. El debería haberle dicho que oyó con ella al perro o, al menos, que había sentido dentro el mismo vértigo, el mismo latigazo, la misma anulación por algo que parecía oírse solo en el mundo, la inquietud por aquello que sonaba tan humano como un perro a lo lejos. Esa habría sido la mejor forma de hacerla regresar. El imaginaba habérselo dicho.
Siempre pasaba lo mismo: lo pensaba todo con tal intensidad que luego no podía decirlo sin sentir el horror de plagiarse. En su mente, ella debía haber oído aquellas palabras y respondido a ellas. Porque, ahora, no podía comprender su regreso, esa vuelta al mundo de dos sólo por obra y gracia de una mano que no supo estarse quieta. Ahora que él había quedado detenido en aquel perro que nunca había oído. Y mientras quedaba estremecido por el aullido aquél (pero, por qué aullido), ella, ya del todo olvidada, se distendía en el sillón. El reloj cucú se atrevió a incordiar. En lo que él se percataba de que el radio‑cassette tenía la antena desplegada, la mano de la mujer le acercaba su vaso, donde los cubos de hielo flotaban casi sin haber empezado a disolverse. El cuadro volvía a recomponerse. El hombre observaba de nuevo la antena desplegada irguiéndose muda, quién sabe si absorbiendo el ladrido (ladrido, tal vez) interminable. Seguro que la antena y el perro se husmeaban en una longitud de onda inaccesible al oído humano. También le parecía estar sintiendo a dos la extraña permanencia del perro cuando ella, animando su mano con un tacto siempre irreprochable, le alentaba a tomar otro trago, antes de inclinarse a coger el suyo mientras el pelo cubría su rostro. Cuando de nuevo se arrellanó, a medias entre el respaldo del sillón y el costado del hombre, una sonrisa en sus ojos revelaba que, cordialmente, a ella le divertía verlo tan desconcertado. "¿De qué estábamos hablando?", preguntó. La mirada de él seguía fija en la antena.
El relato "Se oye un perro a lo lejos" está incluido en el libro Qué haría yo sin la música

2 comentarios:
Estimado Eduardo: he agregado tu blog a los que recomiendo en el mío. Queda así completado el puente que tú iniciaste. Un fuerte abrazo.
Gracias, amigo. Un saludo cordial.
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