sábado 7 de mayo de 2011

Se oye un perro a lo lejos

Foto: Serguei Chirikov
De  repente, interrumpiéndolo todo, a la mujer le pareció oír como un perro a lo lejos. Preguntó al hombre sentado a su lado si no lo oía él también y durante unos segundos le interrogó  con  la intensidad de sus ojos. Con una mueca escéptica, él le dio a entender que no. Ella insistió y él quiso preguntarle qué era lo que oía exactamente. No se daba cuenta de que removía el líquido que contenía su vaso haciendo un ruido hueco con los cubitos de hielo; ella, con un tacto cálido e irreprochable, hizo cesar el movimiento de su mano: inequívoca orden  de silencio, angustiosa  espera de que los ojos de la mujer, que ya cesaban de  interrogarlo, bien rendidos o resignados, le volvieran a dar acceso.  Molesto  y hasta ofendido, comprobó la atención ya absoluta  que la mujer dedicaba a aquello, fuera lo que fuera, que debía sonar como un perro a lo lejos. El decidió que no quería llegar a oír al perro y odiaba tanto  aquello, fuera lo que fuera, como el silencio que lograba  imponer en la sala de estar de la mujer, donde, hacía tan sólo unos segundos, él no se sentía un polizón. Cansado  del silencio y de la espera, decidió relajarse en el  sillón  y, distendido, esperar que llegara por sí solo el momento de recuperarla, pero antes depositó con sigilo el inútil vaso en uno de los círculos de cartón que había sobre la mesa; al intentar hacerlo, la mano de la mujer dejó de aprisionar la  suya, apartándose sin parecer lamentarlo.

            Para mejor ausentarse, repasó con la vista los ángulos de la sala. Luego, se demoró observando los platos decorados que colgaban de la pared y coronaban un mueble con vitrinas que servía de bar. No muy lejos, se hallaba un reloj cu‑cú que, de momento, no osaba incordiar. Y más allá, remediando el vacío en una de las paredes, una pequeña estantería sobre la cual permanecían unos pocos libros entre dos figurillas gemelas. Todo resultaba exiguo y provisional, fácilmente arrasable por el viento de la trashumancia; sobre todo, aquel taburete de madera desnuda destinado, de momento, a servir de base a un radio‑cassette alargado con  un altavoz circular en cada extremo, de donde debería haberse oído música hacía rato, y no ese silencio, eso otro que tan solo ella estaba oyendo, ese perro a lo lejos.

            La mano de la mujer, al liberar la del hombre, había quedado suspensa en el aire, con los dedos dirigidos hacia la  barbilla.  Mantenía la cabeza ligeramente inclinada, cediendo  al  peso  de la concentración. El la contemplaba así,  estática, y por su mente cruzó, esponjosa, la imagen de un hermoso  cachorro de dingo. No había caído en la cuenta, pero hasta ese momento, desde que la mujer anunció bruscamente  ese oírse  de  un  perro  a lo lejos, habían cruzado por su mente, primero, un aullido lejano, luego la congoja  de  un  chucho  condenado  a  pasar  la  noche en cualquier azotea cercana, engullido por la oscuridad de la que  sólo  sobresalía  el desconsolado brillo de sus ojos. Algo  más  tarde,  mas vívidas pero igualmente fugaces, se sucedieron  la  elegancia felina de un alano manchado y el rugido  amenazante  de un  indefinido  perro guardián. Y, antes de llegar al cachorro de dingo, el jadeo pringoso de un grandísimo mastín, afectuoso como un enorme corazón peludo. A todos los pudo individualizar  destacándolos de la masa informe de sus impresiones.

            Algo  en él decidió tomar al fin la mano de la mujer, que continuaba flotando, desamparada, única parte de su cuerpo que  parecía  no  encontrar  su  sitio.  Ella concedió una sonrisa   como  respuesta  anticipada  a  cualquier  burla amistosa. "Te  aseguro  que he oído un perro a lo lejos", dijo, y lo volvió a mirar. Dios, qué hermosa era. Se la podía imaginar husmeada por  los  perros  de anteriores amantes,  reclamada por una patética fidelidad que hubiera sobrevivido  al  olvido  de  sus amos y al resquemor de la relaciones ya muertas. El  debería haberle dicho que oyó con ella al perro o, al menos, que había sentido dentro el mismo vértigo, el mismo latigazo, la misma anulación por algo que parecía  oírse solo  en el mundo, la inquietud por aquello que sonaba tan humano  como un perro a lo lejos. Esa habría sido la mejor forma de hacerla regresar. El imaginaba habérselo dicho.

            Siempre pasaba lo mismo: lo pensaba todo con tal intensidad que luego no podía decirlo sin sentir el horror de plagiarse. En su mente, ella debía haber oído aquellas palabras y respondido a  ellas. Porque, ahora, no podía comprender su regreso, esa vuelta al mundo de dos sólo por obra y gracia de una mano que no supo estarse quieta. Ahora que él había quedado detenido en aquel perro que nunca había oído. Y mientras quedaba estremecido por el aullido  aquél  (pero, por qué aullido), ella, ya del todo olvidada, se  distendía en el sillón. El reloj cucú se atrevió a incordiar. En lo que él se percataba de que el radio‑cassette tenía la antena desplegada, la mano de la mujer le acercaba su vaso, donde los  cubos de hielo flotaban casi sin haber empezado a disolverse. El cuadro volvía a recomponerse. El hombre observaba de nuevo la antena desplegada irguiéndose muda, quién sabe si absorbiendo el ladrido  (ladrido, tal vez) interminable. Seguro que la antena y el perro se husmeaban en una longitud de onda inaccesible al oído humano. También le parecía estar sintiendo a dos la extraña permanencia del perro cuando ella, animando su mano con un tacto siempre irreprochable, le alentaba a tomar otro trago, antes de inclinarse a coger el suyo mientras el pelo cubría su rostro. Cuando  de  nuevo se arrellanó, a medias entre el respaldo del  sillón y el costado del hombre, una sonrisa en sus ojos revelaba que, cordialmente, a ella le divertía verlo tan desconcertado. "¿De qué  estábamos hablando?", preguntó. La mirada de él seguía fija en la antena.

El relato "Se oye un perro a lo lejos" está incluido en el libro Qué haría yo sin la música

2 comentarios:

Rafael-José Díaz dijo...

Estimado Eduardo: he agregado tu blog a los que recomiendo en el mío. Queda así completado el puente que tú iniciaste. Un fuerte abrazo.

Eduardo González Ascanio dijo...

Gracias, amigo. Un saludo cordial.