miércoles 18 de mayo de 2011

Gammagrafía

Ilustración: MAX

Súbito amor radiactivo, hemos quemado las naves. Estamos enredados, complicados el uno en el otro sin remedio. En vez de lamentarlo, celebramos con pasión lo irreparable, contentos de no tener escapatoria porque no la deseamos, sencillamente.
Vuelvo la vista atrás –a cuando te vi salir de aquella  salita de pruebas médicas- y no reconozco señales que anunciaran lo que vino después. Entré cuando tú ya salías, sin conocerte, en el cuarto donde me esperaban dos sillas, una camilla, una enfermera y el instrumental indispensable para la inyección. Al instante olvidé haberme cruzado contigo en la puerta porque ya la enfermera me instruía: había que pinchar y administrar a mis venas una sustancia por la que todo mi cuerpo emitiría radiaciones durante uno o más días. Pensar en el propio cuerpo como masa capaz de impresionar placas fotográficas o cargar de electricidad los gases es como para sentirse objeto, arma, producto artificial altamente peligroso y, por consiguiente, una forma evolucionada de apestado, carne de cuarentena alejada y recluida. Ese era el sentimiento que te inmovilizaba en la acera, a las puertas de aquella clínica, cuando yo salí estrenando electromagnetismo, el mismo que ya llevaba unos minutos envenenando tu torrente sanguíneo. Igual que tú, yo empezaba a caminar pensando en las radiaciones que mis átomos inestables estarían propagando al entorno; miraba a un lado y a otro preguntándome si debería prevenir a cuantas personas pasaran cerca de mí. Fue así que recordamos habernos visto adentro, adivinando que los dos conteníamos en nuestras respectivas entrañas lo mismo que nos hacía recíprocamente inofensivos: no nos podíamos transmitir nada que no tuviéramos ya, por lo tanto podíamos acercarnos, hablar, tocarnos, dejar pasar el tiempo juntos…
Tanto en tu casa como en la mía, ya sabrán que la radiactividad que nos administraron duraría en nuestros cuerpos no mucho más allá de un día, que no exigía más precauciones que la de no permanecer cerca de niños pequeños o embarazadas, que no hay justificación para el tiempo que llevamos totalmente desaparecidos, pero el lazo que ha creado este aislamiento, esta maldición compartida, se intensifica cada vez que nos tocamos intercambiando emisiones de radiación altamente energética.