miércoles 27 de abril de 2011

Anillos de humo

Fotograma de Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard
Cada día yo la miraba soñar, o despertarse o sacar lentamente el pitillo que fumaría fuera del local. Veía que se levantaba de la mesa haciendo notar a sus compañeras de trabajo su salida del bar, con risas o con ocurrencias; entonces yo la observaba bajar la escalerilla que daba a la calle como si fuera a marcharse, o a atender algo urgente, y ahí -desde mi posición en algún lugar de la barra- ya la perdía de vista. Las compañeras de la chica, en cambio, sentadas al lado de la cristalera, sí la podían ver fumando sobre la acera, le hacían saludos y gestos desde el interior a través del cristal, como si la estuvieran despidiendo, otras veces como si le afearan mantener todavía el hábito del tabaco; pero yo nunca la veía en la calle, sobre la acera, no al menos directamente sino a través de lo que las otras mujeres dijeran, o hicieran… Y así hasta que aparecían, elevándose, los anillos de humo, ésos sí que los veía: primero subía un aro humeante y se mantenía en suspenso durante algunos segundos, sin disolverse, y a continuación otro, cuando el anterior empezaba a desdibujarse, y luego otro, y otro más. Las compañeras de la chica señalaban desde el interior cada anillo, compartiendo con las miradas, entre bromas, la admiración por aquella destreza.
Gracias a los anillos de humo yo la localizaba, tanteaba su lugar sobre la acera a la intemperie, ya que no podía verla y me tenía que conformar con imaginármela, haciéndome una composición caprichosa de sus labios fruncidos, cómo formarían una ‘O’ expulsando aquellas bolas de humo que acababan en aros voladores. Puede que graciosamente ella bizqueara también, concentrando la vista sobre sus propios labios y las figuras algodonosas que expelían a la atmósfera. Así hasta el par de minutos en que sus aros dejaban de ascender, y las compañeras la olvidaban por un momento, hablando entre ellas de cualquier otro asunto, y yo perdía todo rastro de ella, el mínimo vestigio por gaseoso que fuera. Eran minutos vacíos, desinflados… La traca final nos sorprendía al poco rato, con nuevos anillos rápidos, concéntricos o encadenados, que se perseguían en el aire, o se separaban entre sí. Esa era la antesala de su vuelta al interior, a la mesa que compartía con sus compañeras, a la silla donde volvía a adormecerse en aquellos desayunos laborales, ausentándose de las conversaciones, del ambiente del bar, de quienes le servían el desayuno y hasta del tipo aquel, allá en el fondo de la barra, al que pescaba siempre observando cuando abría los ojos y regresaba de sus ensoñaciones, el tipo que quedó para siempre pensando en los anillos mañaneros, ateridos, muertos de sueño, como en un código de señales ocultas que siempre le estaría prohibido